
Mayo de 1924. Los puertos ya no blanqueaban. Había nerviosismo en los talleres. Era el último día de trabajo de las roncalesas. Hacia las siete de la tarde, nos despedimos entre besos y abrazos de todas las compañeras. Nos retiramos pronto a casa Glaría. Ya habíamos empaquetado las compras para nuestros hogares: sábanas, vajillas, colchas, porcelana y como no, unas tabletas de chocolate y alguna media libra de café. Nos parecía un sueño que pronto íbamos a abrazar a las gentes del valle. Amanecía en Maule. Era una mañana fresca. Poco a poco se iban llenando los camiones. Hacia las ocho partimos hacia la Caserna. Nuestros corazones latían más de prisa aquella mañana. Nuestros ojos se enrasaron cuando divisamos a lo lejos la silueta de nuestros familares que nos sesperaban para transportar la carga. Salté del camión y abracé a mi padre. Cargamos nuestros bultos en los machos e iniciamos la subida al valle. Al llegar al collado de Arangoiti, no pudimos contener nuestra alegría. Por fin habíamos llegado a nuestro valle. Aunque no podíamos disipar de nuesta mente la idea de que el próximo otoño volveríamos de nuevo a Maule a la alpargata.
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