
Nuestro horario de trabajo comenzaba hacia las siete de la mañana, trabajando sin interrupción hasta las dos. Sentadas sobre los fardos de esparto, comíamos un gran trozo de pan con dos sardinas o embutidos y de nuevo al tajo hasta las siete u ocho de la tarde. Era un trabajo duro. Trabajábamos como negras. Los domingos los talleres permanecían abiertos
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